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Capítulo 24.- Micrófono Abierto: Relación rota

Micrófono Abierto: Relación rota

El primer ensayo tras el pacto fue muy duro para Alex. Era el más sentimental de todos. Ignacio intuía que algo pasaba, un ambiente enrarecido inundó los días siguientes de prueba en el estudio. Le otorgamos la batuta de mando y su inexperiencia no tardó en florecer. Por lo demás, Fruta prohibida quedó compuesta en cinco noches en el apartamento de Elton.

Mi relación con Andrea se enfrió. La noté un poco más rellenita, pero pasé de preguntarle. Ya no me importaba, tampoco traté de ocultarlo. Se hizo amiga íntima de Ignacio, pasaba las tardes y las noches en su apartamento en ausencia de Susan.

Con la canción terminada, el problema residía en encontrar un buen abogado, alguien capaz de blindar nuestro salvavidas con un contrato que no permitiera maniobrar al jefazo. Barajé varias firmas de abogados, las mismas que descarté para no llamar demasiado la atención, desconocía su relación profesional con la discográfica.

Desesperado, encontré una solución. No me fiaba de él, pero era la opción menos mala: Convencer al pobre pescador para registrar la canción, redactar el contrato, traerlo a Madrid para ser firmado por el séquito y negociar con la discográfica. ¿Cómo abordar a Guillermo Salgado? Ya pensaría un plan. Sus ojos infundían pavor si los mirabas detenidamente, eran muy similares a los del jefazo.

Entre todos planeamos un plan de fuga. En la primera planta del apartamento solía haber diez guardaespaldas y cuatro todoterrenos en el garaje. Ignacio estaba fuera la noche de mi huida. Ocho guardaespaldas y tres coches. Michael fue el primero en salir al volante del Aston Martin. Dos guardaespaldas y un coche menos. Le siguió Elton a los cinco minutos y se repitió la misma escena con el Buggatti. Alex terminó de limpiar de guardia pretoriana el bloque con la salida del Hummer del garaje.

Seguramente, la primera planta ya habría avisado a la discográfica para que enviaran nuevos efectivos al edificio. No les concedería más tiempo. Dediqué un par de minutos a terminar de repasar el plan de huida cuando vi el vehículo de Alex torcer la esquina. Sloane comenzaría mi búsqueda en La Carihuela. Para no ser localizado, ideé una fuga hacia el norte, luego bajaría por Portugal hasta llegar a Málaga por Cádiz.

El día que sellamos el pacto, encargué un carné falso a un viejo amigo. Llegó por mensajería oculto debajo de una pizza. No debía quedar registro de ningún tipo. Por el camino compraría un par de móviles y varias tarjetas prepago para llamar en caso de necesidad. Mi iPhone estaba escondido y desconectado en la guantera del Cayman.

La Gold Wing sería mi primer medio de huída. Me daba pena, pero no tenía más remedio que abandonarla en un lugar concurrido. No sabía si Tom había instalado un localizador durante su puesta a punto. El televisor indicó el lugar: partido de Champions League en el estadio Santiago Bernabéu. El Real Madrid jugaba contra el Manchester United.

–¿Te marchas? –choqué con Andrea en el umbral del ascensor.

–¿No es obvio?

–Tengo que hablar contigo. Es importante.

–Lo siento. Hablamos luego. Ahora tengo prisa. –Cada segundo que pasaba con Andrea eran segundos que regalara a la guardia pretoriana para recomponer el cinturón de seguridad.

–No pienso dejarte marchar hasta que me escuches –me amenazó y bloqueó la puerta.

La empujé a un lado para que las puertas se cerrasen. Tom no esperaba mi reacción. Yo mismo tuve que pulsar el botón para bajar al garaje. Desde la cabina se escuchaban los gritos de rabia de Andrea.

Salí como loco hacia la moto cuando se abrieron las puertas del ascensor. Dos guardaespaldas de refuerzo, recién llegados a pie, trataron de cortarme el paso. Los esquivé sin problemas, atrás dejé sus gritos de protesta. La adrenalina circulaba por todo mi cuerpo. Me sentía libre, como un lobo solitario que vaga de un lugar a otro sin rumbo conocido.

Los alrededores del estadio Santiago Bernabéu estaban acordonados por la Policía Nacional. Los antidisturbios vigilaban muy de cerca a los hooligans de los diablos rojos. Aparqué la moto en un parking, bajé al metro y fui a la estación de autobuses del sur. Un autobús salía para Burgos en quince minutos.

¿Y si el jefazo utilizaba su influencia? ¿Podría obtener las huellas de mi recorrido en poco tiempo? Se anunciaba la salida del autobús con destino Burgos por megafonía. Las prisas y el agobio tomaron la decisión.

No dormí nada durante el trayecto. Estuve pendiente de los vehículos que circulaban por la carretera. Si un todoterreno pasaba cerca de mi ventana, echaba la cortina y giraba el cuello hacia el pasillo. Era una gilipollez, pero me hacía sentir más seguro.

Llegué a Burgos de madrugada. La estación estaba desierta. Un frío polar daba la bienvenida a la ciudad al bajarse uno del autobús. Esperando un taxi en puerta de la estación, cambié de planes. No viajaría al norte, este frío era insoportable. Le pedí al taxista que me llevara a Valencia. Al principio se negó a realizar un viaje tan largo en plena noche. Un billete de quinientos euros me permitió descansar sin escuchar una sola palabra.

Me levanté con los buenos días del programa Javi y Mar de Cadena100. Para matar el tiempo, traté de hacer una lista de prioridades. Después de un rato divagando, no encontré ninguna. Nuevamente me sentía solo, huérfano, abandonado.

–¿Puedo hacer una llamada? He de avisar a mi mujer, no quiero que se preocupe.

–Sin ningún problema –confirmé al taxista.

En Valencia le pedí que me dejara en la estación de tren. De nada servía huir con tantos errores acumulados. Cámaras en el parking, en el metro, en las dos estaciones de autobuses. Todo mi recorrido quedó grabado, incluido la matrícula del taxista. Bastaba una llamada para seguir mi rastro en Valencia. Resultaba más beneficioso cambiar de propósito y de estrategia. Mi prioridad no consistiría en no ser descubierto, consistiría en tener el mayor tiempo posible para hablar con Guillermo Salgado antes de que la guardia pretoriana me encontrara.

Saqué un billete de AVE a Málaga. Durante el trayecto, reservé una habitación en el Meliá Costa del Sol de Torremolinos. El hotel quedaba cerca de las piedras donde Guillermo pescaba cada día y relativamente lejos de mi apartamento.

Llegué al Meliá al final del día con el cuerpo reventado, más por estrés acumulado que por cansancio. En el taxi apenas pude descansar un par de horas y en el AVE un grupo de críos y una abuela parlanchina no me permitieron echar una cabezada. Me quedaría en el hotel hasta que estuviera todo bien atado. Luego regresaría a mi apartamento a esperar la visita de Sloane.

La habitación daba al mar. Salí al balcón a disfrutar del calor de mi tierra. La brisa me recordaba que estaba en casa. Dirigí la mirada hacia las rocas. Varias personas pescaban. A tanta distancia era difícil distinguir las siluetas. Programé la alarma del televisor para las seis de la mañana y di la bienvenida a la noche roncando en la bañera.

Capítulo 25.- Micrófono Abierto: Mi primera vez

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Capítulo 24.- Micrófono Abierto: Relación rota
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Capítulo 24.- Micrófono Abierto: Relación rota
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La lucha de tres hombres por conquistar a una mujer convierte la creación de un grupo de música en el negocio más rentable y exitoso de la industria discográfica
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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