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Capítulo 22.- Micrófono Abierto: Fruta prohibida

Micrófono Abierto: Fruta prohibida

El sol despuntaba por el horizonte. Levanté la mano para saludarle y evitar que me dejara ciego. No sé por qué me vino a la cabeza el viejo pescador de las rocas que me sirvió de inspiración para componer Life. ¿Seguiría visitando las rocas? No tenía nada que hacer, así que fui a comprobarlo.

–Veo que es un hombre de costumbres. –El pescador se giró para averiguar quién le hablaba.

–Acérquese. –Obedecí–. Es usted. Perdone que no le reconociera. Mi vista ya no es lo que era. ¿Le apetece una cerveza? –El pescador abrió la nevera y me ofreció un tercio.

–¿Suele venir todos los días? –pregunté tras beber un buen sorbo y encontrar una piedra donde poder sentarme.

–Todos los días, a la misma hora, y en el mismo lugar, desde hace cinco años.

–¿Nunca ha pensado en hacer algún cambio en su rutina diaria?

–¿Por qué? Me gusta este sitio. Me aporta la tranquilidad necesaria para comenzar bien el día. Muchas veces pienso que el día que no pueda venir me moriré.

–¿Siempre pesca algo?

–Unos días pican en exceso y otros no. Los días que no pesco me quedo sin desayuno. No ponga esa cara, así es como uno se hace bueno en el oficio que desempeña. Tienes que esforzarte, prestarle mucha dedicación, ir paso a paso, sin prisas, reconociendo el terreno que te rodea. Si no consigues los objetivos, te castigas para hacerlo mejor la próxima vez. Usémosle de ejemplo. Cada vez que coincidimos viene empapado en whisky y con una preocupación rondándole por la cabeza. Eso no es bueno, amigo. Nada bueno. Piensa demasiado. Debe reaccionar, actuar y enfrentarse al miedo que le persigue. Solo así encontrará la calma interior.

–Me gusta hablar con usted. Transmite confianza.

–En mi otra vida la confianza era imprescindible para seguir vivo.

–¿A qué se dedicaba?

–Era abogado. No me juzgues por mi indumentaria. Si quieres conocer a una persona, mírale fijamente a los ojos, ellos te revelarán con qué tipo de persona estás tratando. Ven, prueba conmigo.

–No, déjelo.

–Venga. –El pescador se acercó para que pudiera ver sus ojos más de cerca. El juego no me gustaba, tuve que apartarle la mirada varias veces–. Esfuércese un poco. No está poniendo empeño. –Aparqué los prejuicios, miré fijamente los ojos verdosos del pescador. Eran diminutos, protegidos por los párpados y con las pupilas muy pequeñas.

–Yo diría que son un poco mesiánicos.

–Diga en serio lo que piensa.

–Todo es una fachada. Viste con ropa usada y malgastada… Su pronunciada barba blanca descuidada… de lejos puede parecer un simple pescador, pero de cerca la perspectiva cambia. El Rolex y la cadena de oro le delatan.

–Continúas fijándote en el exterior. Busca en mi interior. Dime qué ves. –El pescador se acercó un poco más. De repente, sus ojos verdes me asustaron.

–Dan miedo.

–Comienzas a ver. Continúa.

–Tu mirada muestra…

–No trates de alagarme. ¡Dime en serio qué ves! –Fue un instante, pero lo vi. Me eché hacia atrás sorprendido–. Buen trabajo. Te has ganado otra cerveza. –El pescador se terminó el tercio que tenía en la mano y abrió dos más–. No supe frenar a tiempo –me pasó el segundo tercio–. Tú aún puedes. Enfréntate a tu miedo, plántale cara. Lucha contra él. Hazle saber que estás presente. No ataques. Espera tu momento. Aprende a ser paciente, aprende a utilizar la paciencia como arma para desarmar a tu enemigo.

–Gracias.

–Gracias a ti por hablar con este humilde pescador.

Pasamos la mañana en silencio, sentados en una roca y mirando al horizonte. De repente, como si una bombilla se encendiera en mi cabeza, lo vi claro.

Fruta prohibida –pensé en alto. Doña Lucía… La buena voluntad de Sloane… Susan estaba allí con el jefazo. El apartamento era el escondite prohibido de dos amantes. Un lugar tranquilo en esta temporada del año, fácil de pasar desapercibido y con un aeropuerto internacional cerca para salir corriendo si la ocasión lo exigía–. Vaya par de zorras.

–Mide tus palabras. No te dejes arrastrar por los instintos. Mantén la cabeza fría. ¿De verdad quieres joderles? –El pescador no dejaba de asombrarme–. Compón Fruta prohibida, explica el peligro que conlleva morderla. –Estaba sin palabras. De dónde había salido este tipo. ¿Sería un espía del jefazo cuya misión secreta era motivarme?–. Conocí a tus padres. No sé cómo decirte esto, pero tu madre y yo mantuvimos una corta aventura. –Me concedió unos segundos para asimilar la noticia. Me quedé helado–. Necesito contártelo, aunque no soy capaz de predecir tu reacción. La noche que tu madre se fugó de casa vino a verme empapada en lágrimas y moratones. Intentó contarme lo sucedido varias veces, pero la vergüenza le apagó la voz. Me horrorizó saber que tu padre te obligó a presenciarlo. –Agaché la cabeza. Una parte de mi ser deseaba conocer la verdad, la otra parte prefería mantener los viejos recuerdos enterrados en el pasado–. Trató de llevarte con ella, pero tu padre la amenazó con matarla. Tu madre era una mujer sin recursos y con la integridad destrozada por culpa de una mala bestia. Le propuse que se fuera una temporada con sus padres a Holanda mientras trataba de solucionar el problema con tu padre.

–Cuando se convirtió en una carga la mandó lejos –Apreté el tercio con fuerza. La sorpresa se transformó en rabia.

–Ya has visto dentro de mí. A los pocos días de ella marcharse, hablé con tu padre. Trate de hacerle entrar en razón. Por motivos que nunca supe, él se entero de lo nuestro el mismo día que tu madre se marchó. Avergonzado, la humillación fue la única vía de escape que encontró la impotencia para hacer que ella sintiera lo mismo. Traté de llegar a un acuerdo. Dios sabe que hice todo lo posible, pero me amenazó de muerte si volvía a interponerme en su camino, me puse nervioso y estallé. Le dije que era una mala bestia, que su mujer nunca le había querido, que estaba dispuesto a utilizar mis contactos para hacer que nunca más te viera a ti y a tu madre. –El pescador necesitó unos segundos para recuperar la compostura–. Ese mismo día tu padre se quitó la vida.

–¡Eres Guillermo Salgado! –Dejé caer el tercio entre las rocas. No me corrigió–. Te ligaste a mi madre. Te la tiraste cuantas veces quisiste. Provocaste que mis padres se divorciaran. Que mi padre se suicidara. ¿Qué fue de mi madre? ¿Una obligación menos? ¿No es así como acaba la historia? –escupí con fuego en los ojos.

–Sí –ratificó el pescador impasible.

–¿Qué es de mi madre?

Murió de cáncer de mama hará algunos años. No se lo cogieron a tiempo.

Las fuerzas me abandonaron. Una cosa era vivir sin madre y otra, muy distinta, saber que la esperanza de volverla a ver se esfumaba de un plumazo. Hice un sobreesfuerzo, junté las pocas fuerzas disponibles y me marché.

–Deja que te ayude –Guillermo Salgado corrió a socorrerme.

–No se te ocurra tocarme –grité. Se apartó para dejarme seguir mi camino.

Logré llegar milagrosamente al paseo marítimo. Me tambaleé. El alcohol subió de golpe a la cabeza. Ande en zigzag, me apoyé en todo aquello que encontré a mi paso. La vista se nubló lentamente. Farfullé varias palabras sin sentido y perdí el conocimiento.

***

Poco a poco recuperé el sentido. La última imagen que recuerdo, antes de perder el conocimiento, era una persona vestida de negro corriendo hacia mí. La cabeza era un hervidero, como si una apisonadora la estuviera aplastando sin ningún tipo de compasión.

¿Dónde me encontraba? Distinguí una mancha marrón en el techo de la habitación. Al cabo de unos segundos reconocí las aspas del ventilador de mi dormitorio. ¿Cómo había llegado hasta allí? Un guardaespaldas se levantó de la silla colocada a mi derecha, salió de la habitación y regresó con Sloane. Joder, vaya despertar.

–¿Qué hora es? –pregunté.

–La hora de regresar a Madrid –respondió Sloane, con voz seria, tirándome ropa limpia.

–Me marcharé cuando me salga de los cojones.

–Mantén tus cojones dentro del pantalón. Tienes que terminar la canción para Mercedes.

–Dile a tu jefe que ya la tengo.

–¿En serio?

–Tan cierto como que no está muy lejos de aquí con malas compañías.

–No sé de qué me hablas.

–Y yo no tengo por qué darte explicaciones. Ve y dile que predique con el ejemplo. El lema de la discográfica también le incluye.

Sloane salió de la habitación. Retuve al guardaespaldas para pedirle un favor: –¿Puedes traerme una aspirina? –El chico, con cara de pocos amigos, obedeció.

Tirado en la cama, traté de recordar la conversación mantenida con Guillermo Salgado. Pasé un buen rato comiéndome la cabeza hasta que Sweet Child O´Mide de Guns N´Roses me interrumpió. Era Andrea. Seguramente, Sloane ya le habría informado. No me apetecía hablar con nadie.

Esperé a que se cansara de llamar para retornar al pasado. Momento que parecía no llegar nunca. No se rindió con facilidad. Cansada de llamar a mi teléfono, optó por llamar al móvil de Sloane. Este me pasó el teléfono y colgué. Su nombre apareció nuevamente en la pantalla. Tiré el móvil contra la pared para que dejara de molestar.

–¿Qué coño haces? –me increpó Sloane.

–No sobrepases la línea de lo profesional. –Sloane recogió del suelo el móvil destrozado–. ¿Aún sigues aquí?

–Ya me necesitarás.

Sloane y el guardaespaldas que me custodiaba se fueron del apartamento. Disfruté del atardecer sin levantarme de la cama. Me apetecía quedarme allí tirado el resto de mi vida. Todo era una mierda. Convivía con una mujer engañada, un jefe asqueroso y un grano en el culo como guardaespaldas. ¿Por qué me vendí por diez millones de euros? ¿Por cuánto se vendió realmente Susan? ¿Era por la fama? Si ese era su objetivo, era muy triste. Yo, al menos, hacía algo que me gustaba: tocar la guitarra.

Un sobre cerrado pasó por debajo de la rendija de la puerta. Extendí el brazo para cogerlo. Carecía de destinatario y remitente. No me apetecía leer, nunca me ha gustado y esta situación no sería una excepción. Me guardé el sobre en el bolsillo de la chupa y seguí durmiendo.

El sol desaparecía en el horizonte, la luna llena le robaba el protagonismo. Salí un rato a la terraza para observarla. Era maravilloso como se proyectaba aquella esplendida luz blanca redonda en las aguas mansas del Mediterráneo.

De reojo, como si ella quisiera señalarme un secreto, el destino hizo que descendiera la mirada. Susan y el jefazo paseaban tranquilamente por el paseo marítimo. Ella se mostraba distante, nada agradecida a los continuos halagos de su jefe. Era la primera vez que veía en directo al jefazo subordinado a los deseos de otra persona.

El viaje llegaba a su fin. Bajé a Málaga con la intención de recoger el informe de Lucía y regresé con una nueva perspectiva de la situación. Llegué de madrugada a Madrid. Entrando al garaje vi las luces del apartamento de Ignacio encendidas. Algo inusual en su rutina diaria estando Susan calentando la cama de otro. Cómo esté leyendo poesía… preferí no terminar la frase. Solo quería llegar a casa y apuntar la última estrofa de Fruta Prohibida.

Andrea no estaba en el apartamento. ¿Se habría marchado? Abrí el armario y comprobé que su ropa seguía colgada. En cierto modo, agradecí que no estuviera, no tenía ganas de escuchar un sermón, ni de discutir. Hice el trabajo pendiente, me tumbé en la cama y concedí al cansancio hacer el resto.

Capítulo 23.- Micrófono Abierto: Pacto secreto

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Capítulo 22.- Micrófono Abierto: Fruta prohibida
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Capítulo 22.- Micrófono Abierto: Fruta prohibida
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La lucha de tres hombres por conquistar a una mujer convierte la creación de un grupo de música en el negocio más rentable y exitoso de la industria discográfica
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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