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Capítulo 21.- Micrófono Abierto: Campos de Castilla

Micrófono Abierto: Campos de Castilla

Después de cenar, decidí bajar al apartamento de Ignacio para recabar más información sobre Lucía. Leía Campos de Castilla de Antonio Machado tirado en el sofá. La visita le cogió de sorpresa, se llevó un buen susto al verme entrar sin avisar.

–¿Pasa algo? –preguntó al borde de un ataque de nervios

–Me gustaría hablar contigo de Lucía.

–¿Qué quieres saber?

–Nada. Lo normal. Cómo es… Edad… Hobby… No sé… las típicas preguntas que se hacen. Me gusta saber con qué tipo de personas trabajo. –Mentía. En la caja fuerte de mi apartamento de La Carihuela guardaba un informe completo sobre ella.

–Es sevillana… Una buena niña… Le gusta…

–¿Puedes concretar lo de niña buena?

–No sé… Verás… –Ignacio buscaba las palabras adecuadas para contentarme–. Es responsable. Comprometida con aquello en lo que cree. Católica. Le gusta…

–¿Cómo de católica?

–No sé. No se puede medir. Va a misa los domingos y los días festivos. También da catequesis en la parroquia del barrio.

–¿En serio? –sobreactué.

–¿Lo ves mal? También colabora con Cáritas.

–No está mal. Bonito currículum para obtener una finca en el cielo.

–No te rías de ella.

–No lo hago. La admiro por tener las ideas tan claras. ¿Y de novios como anda? Con lo guapa que es, seguro que tiene a centenares de tíos detrás de ella.

–Eso a ella no le interesa. Nunca ha tenido un novio serio. Piensa que todos los hombres son unos cerdos, que van a lo que van. –Mi mente discutía si ir o no ir a La Carihuela para contrastar la información.

–¿Ni siquiera un besito? –incidí verdaderamente sorprendido.

–No sé. Nunca se lo he preguntado. Eso no se pregunta a una mujer.

–¿Cómo es vuestra relación? ¿Te llevas bien con ella?

–Somos buenos amigos. Hablamos a menudo por teléfono. Me ayudó mucho cuando Susan se marchó de casa. Fue mi única esperanza. Ella confía ciegamente en mis habilidades como guitarrista, reza todos los días para que tenga éxito.

¿Por qué no se liaron estos dos? Hacen buena pareja: el ingenuo y la beata. Quizás, Susan lo intuyó, le dio un ataque de celos y decidió fastidiar a su hermana. Susan es muy caprichosa con el bien ajeno, si lo conquistaba primero, frenaba cualquier intento de relación con su hermana.

–Gracias por la información. Me subo con Andrea.

–Dile que se recupere de mi parte –gritó antes de que se cerrasen las puertas del ascensor.

Dile que se recupere de mi parte. Las palabras de Ignacio se grabaron en mi mente. ¿Qué me había perdido? ¿Qué pasaba por alto? No apreciaba ningún cambio aparente en Andrea. Entré en el apartamento y la busqué con la mirada. Leía un libro acostada en la cama.

–¿Te pasa algo?

–¿Por qué lo dices?

–Ignacio me lo ha dicho.

–¿Qué te ha dicho? –Noté un hilo de preocupación en su voz.

–Que te recuperes. ¿Qué te pasa?

–No me pasa nada.

–¿De verdad?

–¿Notas algo raro en mí?

–Te veo igual que siempre.

–Igual que siempre –susurró tan bajo que apenas pude escucharlo.

Me senté en el borde de la cama sin pensar en nada. Andrea no hizo amago alguno por continuar con la conversación. Esperé a que mostrara un poco de interés antes de seguir preguntando por el secreto que me estaba ocultando.

No me gusta esperar, me desespera tener que sacar a los demás las palabras, detesto a las personas que les gusta hacerse los interesantes con los silencios. Viejo conocedor de mi temperamento, opté por poner una barrera para evitar males mayores. Me levanté, abrí el armario y cogí la chupa de cuero.

–Me marcho a Málaga.

–¿A qué? –preguntó Andrea de malos modos.

–Necesito saber más sobre Lucía.

–¿Sobre la hermana de Susan?

–La hermana la ha incluido en el proyecto.

–Muy bien. Otra más –escupió, dándome la espalda.

¿Estaba celosa porque la discográfica no le ofrecía una oportunidad? Por una vez, desde que vivíamos en el apartamento de El Viso, me puse en su piel. ¿En qué se había convertido su vida? Lo medité sin obtener ninguna respuesta clara. Sí llegué a una conclusión: no conocía a la mujer con la que compartía cama. Nos veíamos por las noches, hablábamos de trivialidades mientras cenábamos y follábamos antes de irnos a dormir.

Un sentimiento de culpa me invadió. ¿Por qué la traje a Madrid? ¿Cuál fue el verdadero motivo? ¿La quería? No, no la quería. Lo tenía claro. Sentía mucho cariño hacia ella, un sentimiento de protección. ¿Protección? Hacia qué. Sobre qué. De quién.

El peligro tomó forma de persona con nombre y apellido: Vicent Palmer. Él era el causante que obligaba a Andrea a dormir cada noche en mi cama. Él era el motivo por el que había tenido que abandonar su antigua vida en Barcelona. Él era el responsable por el que no podía salir a la calle sin guardaespaldas.

¿Qué era de él? ¿Dónde estaba? ¿Seguiría esperando en la sombra el momento adecuado para cumplir su amenaza? Paré de hacer conjeturas, me estresaban y no ofrecían ninguna solución.

Salí del apartamento sin despedirme de Andrea. En el garaje pasé de las cuatro ruedas. Mi querida Gold Wing descansaba debajo de una lona gris al lado del Cayman. Tom había hecho un gran trabajo trayéndola y poniéndola a punto. Deseaba ponerla al máximo de revoluciones, ver hasta dónde eran capaces de seguirme los guardaespaldas por la autovía.

Seguramente, Tom ya habría avisado de mi marcha en la primera planta. No les concedería más ventaja. A lo lejos ya distinguía a un guardaespaldas. Aceleré y salí a toda velocidad del garaje.

Tardaron en darme caza. Un todoterreno se puso en paralelo entrando a Castilla-La Mancha. Sloane ocupaba el asiento del copiloto. Me hizo varias señales para que parase en la primera estación de servicio. Hice oídos sordos y el todoterreno no tuvo más remedio que seguirme como perro faldero. Sloane intuyó mi destino cuando en Granada cogí el desvío para Málaga.

Llegué a La Carihuela pasadas las tres de la madrugada. Sloane, en contra de mis pensamientos iniciales, no me reprochó nada: –Colocaré a uno de mis hombres en la puerta del apartamento. Si necesitas algo, estoy alojado en el hotel Amaragua.

¿Qué sucedía? Mi instinto alertaba de un peligro invisible. ¿Una trampa del jefazo? No lo creía posible. El grupo se disolvería y perdería la inversión ya realizada. ¿Seguro? ¿Cómo reaccionaría el resto del grupo? Un guitarrista es fácil de sustituir.

Me senté en mi querida hamaca de la terraza con una botella de whisky a buscar posibles soluciones como seguro de vida. Obligaría al séquito a firmar un nuevo contrato por el que en caso de faltar al menos uno de los miembros, ya sea por deserción, imposibilidad o muerte, el grupo se disolvería, no volveríamos a actuar juntos encima de un escenario. Redactar un nuevo contrato con cláusulas que el jefazo no tuviera margen de actuación se había convertido en mi máxima prioridad.

Capítulo 22.- Micrófono Abierto: Fruta prohibida

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Capítulo 21.- Micrófono Abierto: Campos de Castilla
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Capítulo 21.- Micrófono Abierto: Campos de Castilla
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La lucha de tres hombres por conquistar a una mujer convierte la creación de un grupo de música en el negocio más rentable y exitoso de la industria discográfica
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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