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Capítulo 17.- Micrófono Abierto: El Asador Argentino

Micrófono Abierto: El Asador Argentino

Aparcamos los deportivos en doble fila delante del Asador Argentino. Un primer todoterreno se detuvo delante del Cayman y otro detrás del Hummer. Sloane salió del primero.

–Cuídalas como se merecen –le ordené, tirándole las llaves del Porsche. Sloane me fulminó con la mirada.

La gente de la calle se agolpó en torno a nosotros, la caravana causó un gran revuelo. Sin ser conocidos, a excepción de dos productores de radio que le habían dado el soplo, nos trataban igual que si fuéramos jugadores del Real Madrid.

El grupo se mostró abierto y dispuesto con todo el mundo. Una fotografía, dos. ¿Ha salido mal? Pues se repite, no hay prisa. El reloj se detuvo, fecha límite de entrega: dos semanas. No se lo quisimos confesar al jefazo, pero en tres días podríamos tener el material preparado.

El dueño del Asador Argentino, Nicolás, salió a recibirnos. Era un tipo gordo, gracioso y amable al que Alex saludó con dos besos. Nos preparó la mejor mesa del local, seleccionado personalmente el menú.

Invité a los dos productores de radio a comer con nosotros, diez comensales en total. Alex se sentó junto a Esther. Susan e Ignacio en una de las zonas presidenciales de la mesa. Andrea a mi derecha y los productores entre Susan y yo. Los productores no paraban de lanzar miradas pícaras a Susan. Su belleza nubló la presencia de Andrea y Esther.

El grupo estaba de buen humor. Nos reímos, contamos anécdotas de viejos conciertos, la tierra natal de cada uno, antiguas amantes, motivo y significado de cada tatuaje. Las conversaciones eran fluidas por uno y otro lado de la mesa.

El dueño del local apareció con una guitarra española una vez concluida la comida.

–Desearía que la firmaran. En poco tiempo tendrá mucho valor.

Alex fue el primero en estampar un garabato, seguido de Michael y Elton. Ignacio dudó. Al final estampó su firma original, la misma que aparece en su D.N.I. La guitarra llegó a manos de Susan.

–Vos también, señoriña. Forma parte de la familia.

Escribió un par de líneas y se acercó la guitarra a la cara para firmar con el carmín de sus labios. Acto seguido, los productores me la pasaron.

–Firma –le dije a Andrea.

–¿Yo? –exclamó ella.

–Señoriña –tosió el dueño del local.

Andrea realizó un garabato, su nombre mal escrito. La guitarra retornó a mis manos. La acaricié con cariño. Quedaban pocas semanas para iniciar el viaje. La adrenalina por volver a subirme a un escenario me animó a deleitar a las personas que comían en el Asador con un pequeño avance.

Dirigí una mirada cómplice a Ignacio, le recordé con un gesto que Susan estaba presente. El reto no sería rechazado, se quitó la servilleta de las rodillas y la colocó encima de la mesa.

La voz estaba dispuesta. Eché la silla hacia atrás para tener más espacio. Crucé las piernas para apoyar mejor la guitarra. –Nicolás –dije, señalando al dueño del Asador Argentino–. Esto es un regalo por lo bien que nos has tratado hoy. –Miré a los productores–: Consideraros afortunados por la voz que vais a escuchar.

Andrea le cedió el sitio a Ignacio. Al lado de Susan, ambas esperaban impacientes el pequeño show.

–Esta canción la compuso mi gran compañero de armas, el caballero Ignacio Casas, para su chica, Susan. –Toqué un par de notas–. La escuché por primera vez en una noche de micrófonos abiertos por Madrid. –Toqué otro par de notas. La mesa aplaudió efusivamente.

Nicolás, el dueño del local, tomó asiento al lado de Alex. Hasta aquel momento, nadie, salvo Susan y yo, había escuchado cantar a Ignacio. A punto de perder su anonimato, los componentes del grupo esperaban impacientes, repetían mis famosos chasquidos una y otra vez.

La melodía de guitarra paralizó cualquier acción en el Asador. Los clientes sentados en las mesas aparcaron los cubiertos, los camareros se detuvieron, la gente que esperaba en la cola una mesa para comer dejó de mirar el móvil. Susan y Andrea se cogían fuertemente de las manos. Alex pasó su brazo por encima de los hombros de Esther, siguió el ritmo de la canción con la pierna. Michael, chasqueaba. Elton meneaba la cabeza fingiendo tocar un piano con los dedos.

La voz de Ignacio era una droga sana que entraba lentamente por cada uno de los poros de la piel, aportaba un estado de paz y serenidad. El Asador quedó tan sobrecogido con el sonido vocal que nadie recurrió al teléfono móvil para grabar el momento, el público quería disfrutar y gozar en vez de grabar y olvidar. Nicolás no paró de llorar. Los productores se deleitaban con los ojos cerrados.

La última sílaba trajo el silencio sepulcral al Asador hasta que una persona anónima recuperó el sentido y empezó a aplaudir. Las primeras de la mesa en arrancarse fueron Susan y Andrea, se lanzaron hacia nosotros. Le siguieron Alex, Elton y Michael.

El Asador se levantó, recuperó la compostura para seguir aplaudiendo. Susan abrazó ferviente y apasionadamente a Ignacio. Andrea hizo lo mismo conmigo. Esther le concedió un fuerte beso a Alex, un grito de júbilo sonó por toda la mesa.

–Vale. Venga. Mirad para otro lado, salíos –volvió a besarla.

–¡Otra! ¡Otra! ¡Otra! –gritó al unísono el Asador.

El grupo saludó a los nuevos fans. Poco a poco, tras la firma de nuevos autógrafos y varios flashes, la calma regresó al recinto. Susan se sentó encima de las piernas de Ignacio y Andrea encima de las mías.

Aproveché el subidón de adrenalina para continuar con el juego. Levanté el mantel de la mesa para ocultar las piernas de Andrea. Esperé a que la conversación de la mesa se estableciera para acariciar sus muslos. Lentamente, fui subiendo. Andrea comenzó a ponerse tontorrona. Trató de susurrarme algo al oído, pedía que parara. No le di tregua, la penetré con los dedos. Andrea se mordió fuertemente el labio inferior para no gritar de júbilo. La sensación de hacerlo en público la excitaba.

Susan quería sentir el mismo placer que Andrea. Agarró la mano de su novio para llevarla a su muslo. Esperó a que él tomara la iniciativa. Ignacio prefería hablar de música con los productores. Susan le dio un mordisco en el hombro y le acercó la mano a su ingle. Él siguió impasible. La falta de respuesta provocó que ella tomara la iniciativa, quería jugar delante de todo el mundo, bajó su mano hasta el paquete de Ignacio. Lentamente, lo acarició de arriba abajo por encima del pantalón. Una gota de sudor descendía por la frente de Ignacio.

La escena no pasó desapercibida. Tomé nota. Había descubierto la ventana por donde entrar entre las piernas de Susan. Le susurré varias palabras a Andrea al oído, meneó la cabeza y fuimos directos al baño de caballeros.

No me corté ni un pelo. Hicimos el amor como dos animales en celo. Una y otra vez. Andrea gemía sin control, pedía más y más. Unos golpes en la puerta nos interrumpieron. –¡Qué te den! –grité a la persona anónima, sin parar de empujar la canoa.

Andrea estaba a punto de alcanzar el orgasmo. Me senté en el váter y ella encima de mí, me daba la espalda y marcaba el ritmo. Lento y pausado. Lento. Arriba-abajo, arriba-abajo.

Los golpes de la puerta nos desconcentraron. Noté que Andrea no mostraba tanto ímpetu. La agarré del pelo y eché su cabeza hacia atrás. Yo marcaba el ritmo. Si los golpes eran más fuertes y repetidos, aumentaba el ritmo. Si disminuían, descansaba. Ambos sudábamos como cerdos para llegar al clímax. ¡Dios bendiga la biología humana! Creo que perdí un par de kilos de tanto ejercicio.

Nos aseamos lo mejor posible antes de abrir la puerta y comprobar que Ignacio era la persona que golpeaba la puerta. Se quedó paralizado al vernos salir de aquella forma tan destartalada.

–¿Te ocurre algo? –le pregunté. Su cara estaba desencajada.

–No, nada. Bueno…

–Déjanos solos un momento. –Andrea regresó con el grupo–. ¿Qué te sucede? –Ignacio no respondió–. Joder, Ignacio. ¿Qué te preocupa? –Estaba en plena lucha interna. Hice el amago de irme.

–Se trata de Susan –escupió. Ya me lo esperaba.

–¿Qué sucede? ¿Estáis pasando por una mala racha?

–No… Bueno… De la noche a la mañana he pasado de no verla, y no saber nada de ella, a convivir bajo el mismo techo. Es una situación a la que no llego a acostumbrarme.

–Es normal. Ha sido un cambio brusco. Nueva ciudad. Nuevo trabajo. Date tiempo, verás como cambia la perspectiva de las cosas en unos días.

–No es eso. Con Susan estoy bien. Cuando la tengo cerca me siento tranquilo, relajado. No sé, es como una sensación de paz interior. Pero… –Ignacio se detuvo a medir las consecuencias de las palabras que iba a pronunciar–. Quiere hacerlo a todas horas. –Paró de hablar para analizar mi reacción. No apreciando nada extraño, continuó–. En la mesa le ha dado un apretón. Lo siento, yo no soy así. Ayer quería hablar de lo sucedido este tiempo atrás. Ella solo quería hacerlo. Fue muy incómodo. Terminamos discutiendo y yéndonos a dormir sin dirigirnos la palabra.

–No le des tanta importancia –concluí con la intención de regresar con el grupo.

–Gracias, Fid. –Ignacio me dio un fuerte abrazo–. Puedo confiar en ti.

Las chicas estaban sentadas en nuestros asientos cuando regresamos al comedor. Ignacio dudó, yo fui directo a por Andrea. Le hice una caricia en la mejilla y ella me cedió el sitio. Me senté y ella se sentó encima de mí.

Ignacio se colocó detrás de Susan. Ella no le prestó atención, mantenía una interesante conversación con uno de los productores. Ignacio trató de hacerle una caricia, no obtuvo respuesta.

Observé atentamente la escena. Memoricé cada gesto que le agradaba y también aquellos que le desagradaban. Me lo tomaría con calma, sería el amigo confesor de Ignacio. Mi investigación comenzaba a dar sus frutos. Los juegos de manos en público la ponían cachonda.

Ignacio perdía la compostura. Los continuos gestos de rechazo eran cada vez más patentes, no pasaron desapercibidos por el otro productor que escuchaba atentamente la conversación.

–¿Por qué no vamos a Teatro Kapital? –pregunté a Elton. En otra situación, hubiera preguntado a Alex, pero estaba demasiado ocupado conquistando a Esther.

–¿Tienen buen vino? –Elton era un enamorado del vino, la única bebida reconocida y admitida por su cuerpo.

–¿Cómo lo ves, Michael? –Meneó la cabeza en señal afirmativa.

–A qué estamos esperando –dijo Alex poniéndose en pie.

Capítulo 18.- Micrófono Abierto: Teatro Kapital

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Capítulo 17.- Micrófono Abierto: El Asador Argentino
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Capítulo 17.- Micrófono Abierto: El Asador Argentino
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La lucha de tres hombres por conquistar a una mujer convierte la creación de un grupo de música en el negocio más rentable y exitoso de la industria discográfica
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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