Inicio » Novelas » Micrófono Abierto » Capítulo 11.- Micrófono Abierto: Adiós libertad

Capítulo 11.- Micrófono Abierto: Adiós libertad

Micrófono Abierto: Adiós libertad

Desperté al atardecer del siguiente día. Andrea me cuidaba con la espalda apoyada en el somier y mi cabeza descansando encima de su muslo. ¿Me la merecía? Llevábamos juntos, ¿cuánto? ¿un par de días? Lo abandonó todo. Su local y su vida en Barcelona para venirse a vivir conmigo a Madrid. ¿Por miedo o por amor? ¿Qué hubiera sucedido si Palmer no hubiera aparecido en su piso? La explosión de soledad de la noche anterior la traduje en una falsa promesa con tal de no sentirme solo.

¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar? ¿Llegaría a ser fiel a una sola mujer sabiendo lo que me venía encima? ¿Andrea era un error? ¿Y si por culpa de una decisión egoísta había arrastrado a una mujer a una vida desgraciada? Busqué ingenuamente sus ojos. A pesar de las ojeras y las bolsas respondió con una sonrisa.

El momento de intimidad fue interrumpido por el teléfono del apartamento. Descolgué y escuché una voz entusiasmada al otro lado: –¡Eres un auténtico genio! El equipo lleva todo el día trabajando en Andrea. Estamos listos para grabar las pistas individualmente. ¿Cuándo puedes pasarte a escucharlas?

–Andrea no se encuentra bien. Voy a quedarme en el apartamento.

–Tú verás. –No me gustó el tono usado por el jefazo–. Mañana tienes que traer a Ignacio para firmar el contrato.

–¿Se sabe algo de Palmer?

–Seguimos de caza. Mis chicos se están esforzando al máximo para capturarlo.

–Avísame si hubiera alguna novedad.

Por primera vez, tenía la última palabra. Algo cambiaba. ¿Serían los diez millones de razones en el banco que me respaldaban ante cualquier contratiempo? Debía controlarme, no dejarme llevar por el instinto. El jefazo era un hombre peligroso al que no se aconsejaba retar.

Miré al horizonte a través del gran ventanal del salón. Tenía que hablar con Mojito inmediatamente. En cuanto Ignacio firmara el contrato estaría totalmente vigilado. No me permitirían dar un paso sin previa autorización.

¿Cómo salir del edificio sin ser visto por los guardaespaldas? Descubrí una escalera metálica de emergencia clavada al edificio. El primer tramo quedaba elevado a unos tres metros del suelo. Descendí en silencio. Aguardé, a la altura del primer piso, que el guardaespaldas fuera a tomar un café para descender el último tramo hasta la calle.

Acomodado en un taxi llamé a Mojito para exigirle una reunión urgente. Le pedí que llevara la información recopilada acerca de Palmer y Susan. Una reunión que tardó más de una hora en producirse. Estrenaba mi tercer trago cuando Mojito se sentó enfrente de mí.

–Tienes mal aspecto, ¿mucha juerga estos días?

–Demasiado jaleo –concluí para no entrar en detalles–. ¿Qué sabes?

–Mal negocio. Palmer no se encontraba en la agencia en el momento de la explosión.

–¿Por qué fue un mal negocio? –Por las buenas o por las malas, descubriría la verdad.

–Fid, ambos lo sabemos. Este no es lugar…

–¡Quién lo hizo!

–Fid, no insistas.

–Como no me des un nombre, voy a comisaría a denunciarte por tu negocio clandestino.

–No insistas. No nos conviene ni a ti ni a mí. –Me levanté de la mesa para salir del local. Mojito se levantó corriendo para detenerme–. Está bien, te lo contaré. Pero yo nunca te lo he dicho. –Volví a acomodarme en la silla–. Yo lo hice –confesó arrepentido–. Recibí la orden de ejecutarlo.

–¿Quién dio la orden?

–Los de arriba.

–¿Quiénes son los de arriba?

–Por favor, Fid. No insistas. No los conozco. Solo sé que la orden vino de Londres. Creo que es por un importante negocio que se está gestando. Susan, la chica de Palmer, está metida de alguna manera. Me huele muy mal ese asunto. De verdad. Me da miedo. Me pagaron treinta mil euros por adelantado. Con ese dinero puedo legalizar mi negocio y traer a mi familia de Cuba. Desde la explosión estoy muy intranquilo. Si llegara a oídos de los de arriba… –Mojito no se atrevió a terminar la frase.

–¿Cuántas personas lo saben?

–El hombre que dio la orden, mi hermana Laura y tú… Estoy muy asustado… Perdona. Tengo que irme. –Se levantó nervioso, tiró varias copas a su paso.

–Espera –grité. Salí corriendo detrás de él.

Fuera del local vi como se montó en su furgoneta y giró la llave del contacto. La explosión que se produjo dentro de la misma hizo que el vehículo volara por los aires. Petrificado, no podía andar, ni gritar. Las piernas no me respondían. Mi voz se apagó. Una llamada de teléfono me devolvió a la realidad.

–¿Quién es?

–Camine lentamente hacia la calle que hay a su derecha. Un coche está esperándole.

–¿Quién es usted?

–Se encuentra en un lugar conflictivo. No podemos exponernos.

–Vienen por…

–No pierda el tiempo. Palmer se encuentra cerca.

No me lo pensé dos veces. Caminé hacia la dirección indicada, mirando a todos lados en busca de la silueta de Palmer, con el móvil en la mano. Al entrar en la calle distinguí el todoterreno con los mismos guardaespaldas que me recogieron en la estación de Atocha.

–¿Qué haces saliendo solo? –me recriminó uno.

–¿Cómo sabían que estaba aquí?

–Hay una cámara de seguridad apuntando a la salida de emergencia por si a nuestros inquilinos se les ocurre hacer tonterías como esta.

–¿Qué ha sucedido?

–Supongo que Palmer localizó al cubano. El cabrón sabe moverse sin ser detectado.

¿Tendría Palmer formación militar? Era la única explicación medio razonable para explicar su facilidad para escabullirse de un servicio completo de seguridad. Maldije el día que me llevé a Susan sin su consentimiento. Esta situación estaba por encima de mis posibilidades. Mi trabajo consistía en formar estrellas de rock, no jugar a ser espía.

–El suceso de esta noche nos obliga a reforzar la seguridad. A las nueve de la mañana te espera un coche en el garaje para llevarte al Campus. Seguidamente, iremos a donde nos indiques para recoger a Ignacio Casas y a su novia. –Adiós libertad, suspiré mentalmente–. Usted no ha salido del apartamento. Invéntese la excusa que quiera de cara a su novia –me recordó el guardaespaldas, entrando el vehículo en el garaje.

Medité sobre los hechos acontecidos, recordé las palabras del jefazo: –Todo el mundo tiene un precio. –Yo valía diez millones de euros. El precio incluía una cláusula adicional oculta: mantener el pico cerrado.

Capítulo 12.- Micrófono Abierto: Campus de la música

Summary
Capítulo 11.- Micrófono Abierto: Adiós libertad
Article Name
Capítulo 11.- Micrófono Abierto: Adiós libertad
Description
La lucha de tres hombres por conquistar a una mujer convierte la creación de un grupo de música en el negocio más rentable y exitoso de la industria discográfica
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

Entradas similares

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *