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Capítulo 10.- Micrófono Abierto: La partitura

Micrófono Abierto: La partitura

Desperté solo en el piso de Andrea. Miré la hora en el reloj que colgaba en la pared: la una de la tarde. Hacía años que no dormía tantas horas seguidas. Una sensación de tranquilidad recorría mi cuerpo gracias a una mujer que me socorrió cuando más lo necesitaba. Consuelo expresado en una nueva canción. Me levanté en busca de papel y lápiz para apuntar la letra. El título: Andrea.

En la mesa del salón había una bandeja con café, cruasanes, leche, azúcar, zumo de naranja, varias revistas de música y una nota doblada:

He salido a reponer las neveras del local. Volveré a la hora de comer. Kiss. 

La felicidad hizo que me comiera todo lo preparado en la bandeja. Me di una ducha y salí a comprar un libro de pentagramas para escribir la nueva canción. Acabada la tarea, coloqué el pentagrama en el mueble de la entrada del piso.

Lista la primera sorpresa, quité las sábanas para extenderlas en el salón y colocar el colchón encima. Busqué por los cajones un juego de sábanas limpias y bajé las persianas. Las velas repartidas por el piso iluminaban el salón. Con todo preparado, me tumbe a esperar. Una espera que se alargó hasta las cinco de la tarde, hora límite fijada para ir a buscarla. Coloqué un post-it en la solapa del libro de pentagramas antes de salir:

He ido a buscarte al Mondé. Llámame si llegas a casa. Este es mi número.

Entré al local con el casco puesto. Los artistas se giraron al verme tan alterado.

–¿Está Andrea? –pregunté al camarero que conocí la noche anterior.

–Se fue a casa hace unas horas. Se ha cogido varios días de vacaciones.

Saqué el teléfono para comprobar si tenía alguna llamada perdida. Nada. Miré al camarero: –¿Tú qué opinas? –pregunté asustado. Esperaba que me tranquilizara.

–Andrea no suele desaparecer.

Buscando el teléfono de emergencias de la discográfica, la pantalla del móvil se iluminó, apareció un número desconocido con prefijo de Barcelona.

–¿Te suena? –pregunté al camarero, enseñándole el móvil.

–Es de casa de Andrea. –Suspiré aliviado.

–Andrea, ¿estás bien?

–Hola pequeño cabrón.

–¿Quién eres?

–Deberías preocuparte por la rubia que tengo a mi lado.

–Hijo de puta, como le hagas el menor…

–Shhhhhhhhhh. Cálmate, no te calientes tan pronto. Escucho música de fondo, intuyo que estarás en el local de la rubia. Abre El Mundo de hoy por la página nueve. –Pedí al camarero el periódico. Su cara, al igual que la mía, era de miedo y preocupación.

–Lo tengo –confirmé buscando la página nueve–. ¿Qué tengo que leer?

–Fíjate bien.

–No puede ser –pensé en voz alta.

… incendio en un piso de Lavapiés por motivos desconocidos. Se sospecha que el incendio pudo ser provocado. Las autoridades buscan al dueño del inmueble actualmente en paradero desconocido…

–Palmer.

–Señor Palmer para ti. ¿Dónde está mi chica? –Escuché un grito de mujer al otro lado de la línea.

–¡¡Andrea!! –grité impotente por teléfono.

–Calma, perro. Calma. Muy bonito el detalle de la canción. Lástima que esté siendo presa de las llamas. Es parte de mi pequeña venganza.

–Como le hagas…

–¡¡Shhhhhhhhhhhhhhhh!! Ella no forma parte del juego. La he cogido prestada para llamar tu atención. Quiero a mi chica. Esto solo es un aviso. –Palmer colgó.

Sin tiempo que perder, corrí con la Gold Wing al máximo de revoluciones. Abrí la puerta del piso con precaución, atento a cualquier peligro o imprevisto.

–¿Fi… del…? –preguntó Andrea asustada, atada encima del colchón.

–Perdona. Perdóname, vida mía –imploré, desatándola. Andrea no paraba de llorar. Un cuchillo jamonero servía de clavo a un tanga colgado de la pared.

–Hay que llamar a la policía –dijo Andrea alterada. Estaba tan asustada que se le caía el teléfono de las manos cada vez que intentaba marcar el número.

–Tranquila. Déjame a mí. –Marqué los dos primeros dígitos. Me detuve en el tercero. Dar parte a la policía suponía desterrar el proyecto al olvido. No estaba dispuesto a echar todo a perder por culpa de un desequilibrado. Dejé el teléfono en la mesa.

–¿Qué haces? –Me increpó Andrea–. Aún puede estar por aquí.

–Sé quien puede ayudarnos. –Me encerré en el dormitorio para llamar al jefazo. Descolgó tras varios intentos.

–¿Qué sucede? –preguntó en un tono seco y cortante.

–¿Qué coño es el incendio de la Agencia Palmer? El hijo de puta se ha presentado en el piso de mi chica y nos ha amenazado. Incluso ha quemado la partitura que he compuesto. Quiere que le devolvamos a Susan.

–¿La recuerdas?

–¿El qué?

La partitura.

–¿Qué importa eso ahora?

–¿Dónde te encuentras?

–En Barcelona.

–Esta noche te quiero en Madrid. Un equipo de mi guardia personal irá a recogeros a la estación de Atocha para llevaros a un lugar seguro. Mi secretaria está enviando los billetes de tren a tu correo. Coged lo imprescindible, aquí os facilitaremos todo lo necesario. No olvides recoger la partitura.

El jefazo era una persona sin escrúpulos. Amenazado de muerte, solo le preocupaba la partitura de Andrea. Salí del dormitorio a buscar la partitura. Encontré el borrador medio quemado y manchado con gotas de aceite tirado en el fregadero. Andrea, bloqueada, actuaba en modo automático, se dejaba llevar por las instrucciones que le daba, como guardar lo imprescindible en una mochila.

Salimos del piso en busca de un taxi, nos acomodamos en el asiento de atrás y fuimos directos a la estación del AVE. –Le daré un plus si consigue llevarnos en menos de veinte minutos. –El taxi voló por las calles de Barcelona. Cumplió el trato y recibió una buena propina.

El tren salía en quince minutos. Corrimos como locos para llegar al control de seguridad. Acomodados en el tren, después de recuperar el aliento por tanta adrenalina disparada, le conté a Andrea la historia de Vicent Palmer.

A la salida del andén, en la estación de Atocha, nos esperaban dos hombres con cara de pocos amigos y un cartel con mi nombre escrito.

El trayecto a los apartamentos de la discográfica en El Viso fue presidido por el silencio dentro del todoterreno. El miedo se reflejaba a través de los ojos de Andrea, no pronunció una palabra desde que salimos de su piso.

En el garaje, los guardaespaldas nos abrieron las puertas para descender del vehículo mientras otro llamaba al ascensor. Estábamos encerrados en una prisión de oro.

Ascendimos hasta la séptima planta. La abertura de las puertas dio acceso a un lujoso loft diáfano, de espacios blancos y negros, con pilares y muebles estilo victoriano actuando de paredes y separando una estancia de la otra.

–Quería ser el primero en daros la bienvenida a vuestro nuevo hogar. –El jefazo esperaba nuestra llegada sentado en el poyete de la cocina. Andrea no pudo soportarlo más, antes de que el jefazo le diera dos besos, corrió indispuesta al baño.

–Está muy afectada.

–No tienes que disculparte. Ninguno esperaba la reacción de Palmer. –El jefazo observó el paisaje exterior a través del amplio ventanal del salón. Guardó silencio hasta que quiso retomar la conversación–. El edificio consta de ocho plantas. Cinco están reservadas para cada componente del grupo. La octava es para fiestas y recepciones. Las dos primeras para el servicio de seguridad y mantenimiento. No tenéis nada que temer aquí dentro. Un experto está tratando de hacer un balance del poder económico y logístico de Palmer. El negocio se movía en efectivo, de ahí que no podamos calcular su capacidad real de movimiento. Mis chicos cuidarán de vosotros cada vez que salgáis del edificio. No permitiré que nada ni nadie estropee el proyecto. Por cierto, hablando de trabajo, ¿tienes la partitura?

Como buen perro faldero, abrí el bolsillo lateral de la mochila de Andrea y saqué el libro de pentagramas: –Es lo único que tengo.

El jefazo lo cogió de un lado limpio para observarlo: –Será suficiente. Mañana estará listo en el estudio. Descansa y cuida de tu chica –dijo, a modo de despedida, dentro del ascensor.

Las grandes dimensiones y los amplios techos del apartamento me hacían sentir libre. Paseé por cada una de las estancias como si fuera alguien importante. La colección de guitarras colgadas en la pared animaba a montar una fiesta gitana. Lástima que hubiera algo dentro de mí que me lo impidiera. La mochila de Andrea, tirada en el sofá, me recordó que llevaba bastante tiempo encerrada. Me sentía culpable por haberla arrastrado a esta situación.

Llamé un par de veces a la puerta del baño. No recibí respuesta. Apoyé la oreja en la puerta y escuché gemidos al otro lado.

Me senté en la cama frustrado, derrotado. Si hubiera tenido pelo, me lo habría arrancado. Comencé a llorar también. Fracasaba abriéndome nuevamente a una mujer. ¿Por qué? ¿Por qué ¿Por qué? Necesitaba romper algo. Fijé mis energías en una lámpara situada en la esquina del dormitorio. Iba a por ella. Deseaba patearla, pero no tenía fuerzas para levantarme. Seguí en la misma posición hasta que el cansancio hizo mella, caí hacia atrás sobre la cama.

Capítulo 11.- Micrófono Abierto: Adiós libertad

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Capítulo 10.- Micrófono Abierto: La partitura
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Capítulo 10.- Micrófono Abierto: La partitura
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La lucha de tres hombres por conquistar a una mujer convierte la creación de un grupo de música en el negocio más rentable y exitoso de la industria discográfica
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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