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Capítulo 8.- Micrófono Abierto: El contrato

Micrófono Abierto: El contrato

Llegué al restaurante quince minutos antes de la hora acordada. Conociendo al jefazo, ya estaría sentado en la mesa. Hecho que confirmé nada más abrir la puerta. Pedimos la cena, hablamos de banalidades y le resumí lo acontecido días atrás.

–Ese tal Palmer no será ningún problema. Tenía montado una pequeña red de chantaje con otras cuatro personas. Mi gente se está encargando del asunto mientras hablamos. –Fueron las últimas palabras sobre Palmer y su agencia durante la cena. Aclarado el tema, expuse la información recopilada acerca de Ignacio Casas–. Su introversión es un arma de doble filo. ¿Será capaz de soportar una gira mundial? –El jefazo estaba dispuesto a lanzar, de la noche a la mañana, a un chaval ingenuo e inseguro a recorrer el mundo.

–Verás… no quisiera… –No sabía cómo exponer la situación–. Le faltan tablas –solté a la espera de ver cómo reaccionaba.

–Lo sé.

–¿Lo sabes? –repetí, inconscientemente.

–Yo lo sé todo.

Me quedé sin palabras. Tal vez… Mi mente funcionó a modo Holmes. Podría haber… La idea de estar siendo vigilado, sin saberlo, me preocupó, aunque era el procedimiento estándar con los grandes artistas.

–El señor Casas no llenaría ni medio auditorio. Eso sin contar los efectos secundarios de la pelirroja. Son muchas variables. No voy a arriesgar tantos millones en una voz. –No llegaba a comprender las verdaderas intenciones de mi superior.

–Entonces, ¿por qué tanta insistencia en buscar un vocalista? –Terminada de formular la pregunta, la respuesta apareció al instante–. La voz forma parte de un todo.

Era su dinero, su idea y su grupo. Yo había cumplido con mi parte del trato. Si el grupo se iba a la mierda, tendría las manos limpias. Aún así, sentía curiosidad por saber qué clase de grupo tenía previsto: –Háblame del proyecto.

–Si te lo cuento, te consideraré dentro.

Dudé. Por un lado, quería volver a mi rutina diaria. Disfrutaba la vida alejado del ajetreo y las responsabilidades. Por otro, la imagen de Susan seguía grabada en mi retina. Ella sería pieza clave dentro del proyecto para que Ignacio diera la talla encima del escenario. Finalmente, ratifiqué mi compromiso.

–El grupo está compuesto por cinco personas: vocalista, guitarra, bajo, batería y piano. El bajista es inglés, lo tengo a buen recaudo en Londres. El pianista es polaco, puede hacer las veces de violinista. Al mexicano ya lo conoces para la batería. A la guitarra…

–¿En quién has pensado? –El levantamiento de una ceja del jefazo sirvió de respuesta.

–¿¡¡¡YO!!!? –Esperaba cualquier otro nombre.

El recuerdo de mi primer y último concierto en el Festival de Torre del Mar me vino a la mente. La discusión con Sebas, los abucheos, el cabreo del mánager. Sentía como algo me apretaba el pecho. No estaba dispuesto a pasar por un mal trago semejante. Mi trabajo se realizaba fuera del escenario, no encima.

–Lo siento jefe. Estoy cascado para ese puesto –concluí. Negarme podía conllevar perder mi puesto de trabajo y los derechos incluidos con el cargo. Sin embargo, no era comparable con el bochorno en público.

–¿Seguro? –Me lo temía, el jefazo guardaba un as en la manga–. He visto tu vídeo en Mondé. –Me quedé mudo. Conocía mi desliz en Barcelona–. Según cuentan, fue un éxito. Las visitas en YouTube rondan casi el millón en solo dos días. Solo su creador puede tocar los acordes originales de Camino empedrado. Imagina esa misma escena en el Santiago Bernabéu. Más de sesenta mil personas ansiosas por escuchar los tres chasquidos de entrada. Más de sesenta mil personas pendientes única y exclusivamente de ti. –El jefazo medía muy bien sus palabras. En menos de diez segundos consiguió picarme el gusanillo–. Imagina el estadio apagado con un foco blanco para ti y otro para Ignacio sentado en un taburete. Tú al final de la pasarela, en el lugar más cercano al público. Ignacio en la parte más alta del escenario. El público susurrando tus acordes a la espera del chorreón de voz de Ignacio. Deja de imaginar y comienza a vivir. –El jefazo me concedió unos segundos para asimilar e imaginar todo lo que me estaba narrando–. Después de subirte al escenario podrás hacer lo que te plazca. Los políticos suplicarán hacerse una fotografía a tu lado. La gente se grabará tu nombre en el culo, se vestirán como tú les digas que han de hacerlo. Ninguna chica se te resistirá porque tú eres el increíble Fid, el samurái de la guitarra. Quiero transcender Fid. Sobrepasar los umbrales del tiempo y perdurar por los siglos de los siglos. Busco dejar huella.

Me quedé en ninguna chica se te resistirá. Pensaba en Susan, mi obsesión. La quería en mi cama. Quería abrazarla, besarla, follarla en cualquier lugar a cualquier hora. Si para eliminar la obsesión tenía que subirme a un escenario y tocar Camino empedrado u otro tema, lo haría.

–¿Y bien?

–¿Cuántos discos?

–Un mínimo de tres.

–¿Cuánto?

–Diez millones ahora y un cinco por ciento de las ganancias. Lo tomas o lo dejas. Esta parte no es negociable. Los demás solo recibirán el cinco por ciento.

–¿Por qué tengo un trato de favor?

–Fid, eres el alma del equipo. Tú concederás alma a las canciones. Tú marcarás el ritmo encima del escenario. Serás la voz autorizada del grupo. Sin ti, el grupo no será nada. ¿Cuento contigo para hacer historia?

Capítulo 9.- Micrófono abierto: Mondé

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Capítulo 8.- Micrófono Abierto: El contrato
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Capítulo 8.- Micrófono Abierto: El contrato
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La lucha de tres hombres por conquistar a una mujer convierte la creación de un grupo de música en el negocio más rentable y exitoso de la industria discográfica
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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