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Capítulo 5.- Micrófono Abierto: Andrea

Micrófono Abierto: Andrea

Apenas pude dormir un par de horas. Abrí las puertas del balcón para airear la habitación. Permití que la brisa me acariciara la cara, igual que lo hacía La Vasca después de follar. ¿Qué sería de ella? Vagas noticias desde que la abandoné. La eché del apartamento sin permitir explicarse cuando las fotografías salieron a la luz pública.

Me dejé llevar por el consejo del jefazo: –Olvídala. Mujeres como ella hay muchas. No tires por la borda tu porvenir. Extírpala como si de una enfermedad se tratara. Tírate a unas cuantas y empieza de cero.

Estaba cansado de la soledad. Sentí curiosidad por saber algo de ella, cómo estaba, a qué se dedicaba y si le iba bien. Alquilé una moto y subí a Barcelona, última ciudad de la que tenía noticias de Erika. Aparqué delante del Mondé, un local ubicado en una calle perpendicular a Las Ramblas. Era el típico lugar de encuentro de bohemios en busca desesperada de un halago. Sentado en una silla de la barra agudicé vista y oído en busca de algo que mereciera la pena. Falsa alarma, ninguna voz interesante.

–¿Puedo hacerte una pregunta? –me dirigí a una camarera rubia que se peleaba con el lavavajillas. Coloqué una tarjeta de visita encima de la barra.

Lamentablemente, recibí atención del camarero equivocado.

–¿Eres cazatalentos? –exclamó sorprendido e ilusionado–. Soy Joan, cantautor. Tengo varias canciones, ¿te importa escucharlas? –Me extendió la partitura de su última canción. Resignado, no tuve más remedio que leer la letra melosa de un tipo amargado.

–¿Qué mierda es esta? ¡A ver, canta el estribillo! –El camarero no emitió ninguna nota–. ¿Se te ha comido la lengua el gato? Aparte de escribir cursilerías a tu ex-novia, ¿a qué más le dedicas el tiempo?

–He dejado la ingeniería… la música es mi sueño… quiero ser… cantante… quiero…

–No pierdas el tiempo. Careces de timbre y no sabes componer. Retoma los estudios. –La ilusión del camarero se hizo añicos en mil pedazos. Se giró con la cabeza cabizbaja y dio el primer paso para marcharse del local–. ¡Espera! –El camarero creyó ver un rayo de luz en la oscuridad–. Toma esta mierda y quémala –dije, tirándole la partitura.

Un cliente tuvo que abrirle la puerta del local. Otro salió en su búsqueda y regresó con cara de pelea.

–¿Eres el mamón que está haciendo de Risto Mejide?

–¡Albert, déjalo! –le ordenó la camarera rubia.

–Andrea, ha insultado a mi hermano.

–Yo me encargo de este imbécil.

–Me gustan las mujeres con carácter –comenté sarcásticamente.

–¡Quiere cerrar la boca y abandonar el local!

–Busco información sobre…

–¡Le he dicho que se marche!

–Erika.

–¿De qué conoce a Erika? –preguntó Andrea de manera curiosa, cambiando de actitud.

–Soy su antiguo mánager.

–Así que eres Fid.

–Si ya te han hablado de mí, podemos ahorrarnos las presentaciones. ¿Sabes cómo puedo encontrarla?

–Vaya mierda de mánager, abandonar a su chica en mitad de un problema. –Traté de argumentar en mi favor, pero Andrea no me lo permitió–. La echaste desnuda de tu casa.

–¿Qué le sucedió?

–Tú verás, eres su mánager.

–Sé que consiguió un puesto de camarera en este garito.

–Se fue a Francia con un viejo amigo de la infancia. Me dijo el pueblo, pero ahora mismo no lo recuerdo. ¿Qué piensas hacer? ¿Correr a buscarla?

–Ponme un Chivas con mucho hielo.

Andrea fue a por la botella. Regresó con dos vasos cortos.

–Brindaré contigo. –Agradecí el gesto. Después de brindar, me señaló una mesa escondida con un par de sillones de cuero donde estaría más cómodo.

Pasé la tarde observando cómo los perdedores trataban de cumplir un sueño inalcanzable. Varios cantautores hacían miniconciertos en un pequeño escenario colocado al fondo del local. Dos personas escribían la historia de un escritor frustrado. ¿Qué les animaba a seguir? ¿Por qué perder el tiempo?

–La esperanza –contestó Andrea, cambiándome el vaso–. La esperanza de creer que algún día alguien les ofrecerá una oportunidad. Es lo único que piden.

–¿Cuál era tu sueño?

–No tenemos tanta confianza. –Hasta ese momento no me percaté del parecido de Andrea con Angelina Jolie en la película 60 segundos. Su atractivo físico, desapercibido por el percance con su compañero, surtía su efecto–. Necesito la mesa para hacer la caja. –Andrea se sentó en el otro sillón de cuero con la recaudación de la tarde.

–Los perdedores son buenos clientes.

–¿Por qué tanto rechazo? ¿Algún gilipollas te quitó el sueño de la cabeza?

***

La Carihuela 

Mi mente recorrió un largo viaje al pasado. Volví al apartamento de La Carihuela cuando vivía con mis padres. Mi casa era un hogar roto por culpa del alcohol y la falta de dinero. Mi madre criticaba a mi padre su falta de ambición. Él respondía que no podía hacer más para mantenerlos. Era una verdad a medias. Mi padre se gastaba los ahorros de la familia en el casino, el día de descanso en el chiringuito.

Con nueves años, mi madre se fugó sin destino conocido. Nunca le perdoné que me abandonara. Mi padre tuvo mucho tacto a la hora de darme una explicación: –Tu madre es una auténtica guarra.

Conocía el estado anímico de mi padre por la cantidad ingerida de alcohol. No atinar a meter la llave en la cerradura significaba buen augurio, podría dormir sin voces, ni gritos. Si apedreaba la puerta y dejaba la mano puesta en el timbre, era augurio de malas noticias.

La noche anterior a la marcha de mi madre, mi padre llegó más borracho de lo habitual. Me sacó de la cama para llevarme al salón. Mi madre estaba desnuda, sentada en el sofá. –¿Qué pasa? –pregunté ingenuamente. En una mejilla distinguí la silueta de un tortazo. Lloraba desconsoladamente, suplicaba a mi padre que me dejara en paz–. Cállate. Harás lo que yo te diga. –Me oriné en los pantalones cuando vi que la agarraba del pelo–. Repite a tu hijo las palabras que me acabas de decir –le gritó una y otra vez al oído. Mi madre permaneció en silencio–. ¡No me oyes!

Harto de ver cómo no conseguía aterrorizar a mi madre, tomó otro camino. La obligó a ponerse de espalda a la pared. –Muy bien, tú lo has querido. –Se bajó los pantalones y los calzoncillos. Mi madre gritaba impotente que parase–: No delante de Fidel. –Traté de ayudarla, pero recibí un guantazo de castigo.

–Así es como debes tratar a las mujeres. Nada de mariconadas. Para esto es para lo único que sirven.

Aterrorizado, corrí despavorido a esconderme en mi dormitorio. Cerré la puerta y me encerré en el armario. Los gritos de mi madre pidiendo perdón se escuchaban desde mi escondite. No sé cuánto tiempo duró el castigo. El silencio se produjo cuando se abrió y se cerró la puerta de casa.

No me atreví a salir del armario hasta el día siguiente. Deseé que mi padre no estuviera en casa. De puntillas, fui al dormitorio de mis padres. No había nadie y la cama estaba hecha. Esperaba encontrar a mi madre preparándome el desayuno en la cocina, pero tampoco había nadie. De camino al salón, escuché los ronquidos previos al peligro. Mi padre dormía en el sofá con una botella de whisky derramada por el suelo. ¿Y mamá? Volví a esconderme hasta que ella volviera. Mamá, ¿dónde estás?, me repetía una y otra vez.

Escuché abrir la puerta de la casa. Salí corriendo del armario, pero no vi a nadie. La botella de whisky estaba derramada por el suelo. La coloqué encima de la mesa, le quedaban dos dedos. Dubitativo, miré a ambos lados para cerciorarme que mi padre se había marchado. Seguro de encontrarme solo, bebí un pequeño sorbo. Tenía nueve años cuando probé el alcohol por primera vez.

Mi familia estaba rota. Él la quería a su manera, al menos eso pensaba yo. Desde que se fue, mi padre pasó las noches llorando y contemplando una fotografía de mi madre con una botella en la mano.

La pena no duró mucho. Mi padre decidió jugar contra el destino. Borracho, buscó su muerte circulando en sentido contrario por la autovía hasta que un hombre no pudo evitarlo y se lo llevó por delante.

De mi padre heredé una hipoteca y varias botellas. En su funeral pensaron que iba bebido. No le dieron más importancia por mi edad. El dueño del chiringuito se hizo cargo de mí, me proporcionó el hogar familiar que siempre quise tener. Puso en alquiler el apartamento para hacer frente a la hipoteca.

No se me daba bien la escuela, aguanté hasta el curso obligatorio. Con catorce años tuve mi primer empleo en el chiringuito como pinche de cocina. Preferían tenerme cerca, pues varias veces me habían descubierto borracho.

Al lado de Sebas, el cocinero, adquirí una sólida cultura musical. Tenía un grupo Los Boquerones. Les escuchaba ensayar en mi tiempo libre.

Una tarde agarré una guitarra eléctrica. El sonido emitido por las cuerdas me puso la piel de gallina. Acababa de descubrir una nueva droga que cambiaría el resto de mi vida.

Aprendí rápidamente gracias a las lecciones de solfeo de Sebas. Los componentes del grupo, asombrados por mi rápida evolución, quisieron ficharme para tocar con ellos. Sebas no estaba de acuerdo porque le robaría protagonismo. Estuvieron debatiéndolo hasta hacerle entrar en razón.

En menos de una semana me sabía de memoria los acordes de las letras del grupo. A la siguiente, tenía los nuevos arreglos para cada canción. A excepción de Sebas, todos estaban encantados con los cambios. Sus miedos se iban materializando, a pesar de ser él quien me descubrió. El nombre de Fid fue idea suya. No le gustaba como sonaba Fidel. A la tercera semana de pertenecer a Los Boquerones compuse mis primeras piezas. Un mes después era nuestro estreno en un Festival de rock en Torre del Mar.

Cada grupo tocó tres canciones. Para Camino empedrado, nuestra última canción, se me ocurrió una pequeña mejora antes de salir al escenario. La postura que Sebas había adoptado conmigo hizo que optara por callar y mostrar el camino encima del escenario. Los cambios no alteraban la letra, ni las partituras del resto del grupo, solo el acompañamiento del estribillo y la entrada de cada estrofa.

El momento llegó. La explanada estaba abarrotada de asistentes. Mi gesto fetiche, la caída de dedos sobre las cuerdas, marcaba el inicio de cada canción. El batería chocó tres veces sus palos en el aire y el bajo dio la entrada. Nadie esperaba aquel comienzo. Los grupos que participaban en el festival solían iniciar su primera canción con un toque fuerte de guitarra. A la mayoría de ellos apenas se le escuchaba la voz del cantante. Los Boquerones eran diferentes. Trabajé mucho en cada tema, acorde y silencio. Sebas marcaba el ritmo, aire y espacio de las canciones. El resto del grupo se limitaba a reforzar y acompañar.

Al público le gustó mucho Alma Perdida. Disfrutar de más de diez segundos de aplausos para un grupo novato era un auténtico éxito. Con el público ya pendiente de nosotros, el pianista dio la entrada al segundo tema: Mar muerto. Mis arreglos consiguieron simular el oleaje del mar al chocar contra la orilla. Sebas inició la letra de la canción en forma de susurro, con un ritmo lento y un timbre apagado.

A medida que el tema avanzaba, las parejas se abrazaban, el público acompañaba el ritmo moviéndose de un lado a otro levantando las manos. Mar muerto recibió muchos más aplausos que Alma perdida. No nos lo podíamos creer. Gustábamos.

Se acercaba mi momento. Me lo había ganado a base de esfuerzo y trabajo diario. Por fin podría tocar mi canción. Camino empedrado fue mi primera composición. Simbolizaba el reflejo de la vida vista desde los ojos de un niño que se esconde dentro del armario.

Me puse al lado de Sebas. La canción comenzaba con tres chasquidos de dedos. Estaba preparado para vender mi alma. Quería hacerlo, deseaba hacerlo. Necesitaba demostrarme a mí mismo que podía lograrlo. No dudé. Los dedos no me temblaron. Los chasquidos sonaron, un segundo de silencio y el pianista se colocó a mi lado con un violín apoyado en el hombro.

El público volvió a rugir cuando mostré al mundo el cambio en la entrada de la primera estrofa. Un cambio que cogió a Sebas desprevenido, no supo reaccionar y contagió al violinista que perdió el compas de la canción. El batería, inconscientemente dejó de tocar. El bajista hizo más de lo mismo, transformando los aplausos en abucheos.

No supe reaccionar. No me importaba la opinión del público, las miradas de rabia de los componentes del grupo o el enfado del presentador que salió para calmar los ánimos. Estaba frustrado porque no pude tocar mi canción.

Retornó el recuerdo de una familia rota: mi madre, una mujer maltratada que me abandonó. Mi padre, un borracho maltratador que se quitó la vida. ¿Y yo? ¿Quién era yo? Un puto don nadie. Un miserable que por querer perseguir un sueño frustró la mejor oportunidad de su único amigo. Los Boquerones estuvieron a una canción de lanzar su primer disco al mercado. Todo iba sobre ruedas hasta que se me ocurrió utilizar mi don sin previo aviso.

Salí del escenario arrastrando la guitarra. Bajando las escaleras vi al encargado del festival dándole un buen rapapolvo a Sebas. –La culpa es de ese capullo –sentenció, señalándome.

Me senté en una silla a esperar el juicio final. El encargado venía con toda la artillería preparada. El fallo del grupo desprestigiaba el festival. Sus jefes exigirían responsabilidades por permitir participar a Los Boquerones. La sentencia estaba escrita pero no se ejecutó. Un alto directivo de la discográfica me concedió el indulto.

–Me ha fascinado la entrada de la estrofa, ¿puedes repetirla?

No me apetecía cumplir los deseos del jefazo. Sebas se tragó su orgullo y se acercó para darme ánimos. Me sorprendió su cambio de actitud. Aún así, mi respuesta continuó siendo la misma: –Ya he dado todo lo que tenía dentro.

Abandoné el backstage. Herencia paternal, no salí por miedo, salí en busca de un 24 horas abierto para comprar una botella de whisky y sentarme a beber tranquilamente. El primer trago fue largo, un cuarto de botella. Me sentía en la piel de mi padre momentos previos a su suicidio, sin sueños, ni aspiraciones. Los sueños destruyen la vida de las personas. Nunca más volvería a soñar. Nunca más volvería a comprometerme. La dedicación a un sueño acaba consumiéndote.

–¿Puedo sentarme? –giré la cabeza para increpar al estúpido que interrumpía mi momento de meditación. Era el jefazo. Sin recibir autorización, se sentó a mi lado–. Este Chivas es una maravilla.

Cogió la botella y bebió un buen lingotazo. Repetí el mismo gesto. No quedaría él por encima de mí en cuestiones de whisky. Después nos quedamos en silencio contemplando como un gato merodeaba un contenedor de basura.

–Tienes un oído y unas manos especiales. Quiero que trabajes para mí. No encima del escenario, solo a un loco se le ocurriría cambiar la partitura minutos antes de salir a actuar. No puedo permitirme correr ese riesgo. Quiero que te dediques a darle alma a las canciones. El mercado pasa por un momento duro. Las viejas glorias se dedican a las reediciones y no se molestan en crear nada nuevo. Busco artistas que despunten, un grupo, un solista, un cantautor, me es indiferente. Quiero una nueva estrella en el firmamento como Elvis, The Beatles o Sinatra. Comenzarás trabajando en el estudio con el equipo de mezclas. Con el tiempo, aprenderás a detectar las necesidades del mercado, buscar la música que cumpla con esos deseos e intereses. –Así cerré mi contrato con la discográfica.

***

–¿Conoces la canción Camino empedrado?

–Es una de mis favoritas.

–Es mía. –Una de las muchas cláusulas que firmé para trabajar en la discográfica fue la cesión de los derechos de Camino empedrado. Andrea no se lo creyó. Nadie se había parado a preguntar quién era el autor originario de la canción después de tantas versiones–. Pídele a ese que me preste su guitarra.

Andrea se dirigió al chaval y le susurró unas palabras al oído. Éste se hecho hacia atrás para ver quién reclamaba a su novia. Levanté la copa en señal de amistad.

–¿Qué sucede aquí? –pregunté sorprendido, no entendía porque el chaval, con la cara llena de granos, venía hacia mí detrás de Andrea.

Camino empedrado es una de las canciones favoritas del local.

–Creo que no me has entendido –me estaba cabreando.

–John, prepara el escenario –ordenó Andrea a un camarero–. Hazlo por mí. Soy muy agradecida.

Me vendí por un polvo. Caminé al escenario en medio del griterío formado por las personas que abarrotaban el local. Los móviles inmortalizaron el momento. Otra vez aquí. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez, pensé mientras afinaba la guitarra.

–Necesito un cantante. –Andrea subió al escenario, agarró el micrófono y pronunció con decisión el nombre de una mujer que no llegué a entender.

Ya no había vuelta atrás. En un local perdido de Barcelona, ante un público poco atractivo, iba a enfrentarme a mi pasado para disfrutar de un polvo futuro con una rubia explosiva.

Mi cuerpo se tensionó al tiempo que rozaba las cuerdas con las uñas. Levanté la mano, hice el primer chasquido y el público los otros dos que anunciaban el principio de la canción.

En esta ocasión no hubo imprevistos. Nadie se lo creía. Acababan de escuchar la guitarra original de la canción fetiche de los cantautores españoles. La cantante, con lágrimas en los ojos, me abrazó histérica. El público aplaudió locamente complacido por el orgasmo musical regalado.

Alterado por el efecto producido, me bajé del escenario con intención de abandonar el local. No estaba acostumbrado a tantos vítores. No. No. No. Traicioné mi promesa, recordé lo rastrera que fue mi niñez por follarme a una rubia.

Andrea corrió detrás de mí.

–¿Qué quieres? –pregunté levantando la visera del casco.

Ella se abalanzó sobre mí y me regaló un fuerte beso.

Capítulo 6.- Micrófono Abierto: Sweet Child O´Mide

(Próximamente…)

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Capítulo 5.- Micrófono Abierto: Andrea
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Capítulo 5.- Micrófono Abierto: Andrea
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La lucha de tres hombres por conquistar a una mujer convierte la creación de un grupo de música en el negocio más rentable y exitoso de la industria discográfica
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de cuentas en la revista Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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